IN THE COUNTRY OF LAST THINGS

 

These are the last things, she wrote. One day they will disappear and never come back.
AUSTER, Paul "In the Country of Last Things", Pág.1

 

In the Country of Last Things, al igual que la novela de Paul Auster, muestra un mundo en el que la arquitectura y el espacio se desvanecen constantemente,  impidiendo al individuo construir su identidad respecto al espacio que habita. La serie  Guardianas se compone de cuatro imágenes que reproducen diferentes espacios y tiempos de una misma acción, se trata de un instante de cruce de todos los tiempos, un lugar de encuentro de todos los espacios. Aunque el punto de partida son las minas de plomo de Linares cerradas en los 80, las fotografías finales no corresponde a ningún lugar real. Nos encontramos frente a un lugar ficticio al modo de los Carceri d’invenzione de Piranessi. © 

LINAREJOS MORENO, 15-05-06

 

 

 

Guardianas I. 2006. 130x250cm. Fotografía lambda sobre papel, metacrilato de colada y bastidor de aluminio. ©

 

Guardianas II. 2006. 130x250cm. Fotografía lambda sobre papel, metacrilato de colada y bastidor de aluminio. ©

 

Guardianas III. 2006. 130x250cm. Fotografía lambda sobre papel, metacrilato de colada y bastidor de aluminio. ©

 

Guardianas IV. 2006. 40x55cm. Fotografía lightjet sobre papel. ©

 

Chamanes III. 2006. 40x55cm. Fotografía lightjet sobre papel. ©

 

Chamanes IV. 2006. 38x55cm. Fotografía lightjet sobre papel. ©

 

Chamanes V. 2006. 28x36cm. Fotografía light jet sobre papel. ©

 

Sin Título I. 2006. 86x65cm. Impresión pigmentos naturales sobre papel de grabado. ©

 

Aves de mal agüero I. 2006. Medidas variables. Caperuzas de cetrería en piel , talla humana, escayola e hilos. ©

 

Family matters. Tiro certero. 2006. 2x35x26cm. Fotografía lambda sobre papel. ©

 

Aves de mal agüero. 2006. Taller. ©

 

LA MÚSICA DEL AZAR

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LAURA REVUELTA 

 

Primeras noticias de Linarejos Moreno.

Se presenta a la sexta edición del Premio ABC de Pintura y Fotografía, que lo gana con un trabajo titulado “Una casa con esquinas”. Recuerdo aquel galardón como uno de los más arriesgados y comprometidos que ha dado este certamen, cuyas últimas convocatorias me ha tocado organizar. Arriesgado porque no resultaba fácil de digerir para los espíritus más conservadores del sector arte y sus compartimentos estancos. Pero como no se trataba de comulgar con ellos sino con los discursos más comprometidos con la causa contemporánea se valoró esa suerte de haber condensado en una misma obra todos y cada de los lenguajes de la creación: desde la fotografía a la pintura sin obviar el tratamiento digitalizado y hasta la arquitectura. No obstante, ésta habría de ser una disección fría de una obra que a las primeras de cambio –es decir, su fuerza visual- también resulta fría y hasta distante. Ni siquiera fuimos capaces de traspasar las intersecciones lineales de la imagen para descubrir su verdadera esencia. Nos quedamos en el discurso de manual teórico, pero con el posterior desarrollo de este trabajo habríamos de aterrizar en los verdaderos interrogantes de la obra de Linarejos Moreno. De hecho, ahora también sabemos que ella renuncia a ser adscrita a tal o cual disciplina o definición como fotógrafa, videoartista...  Prefiere considerarse contadora de historias o planificadora de enigmas.

Ella regresaba de París con este bagaje: una fotografía de su casa, en cuyas paredes había dibujado unas formas y trayectorias elípticas además de haber arrancado distintos trozos y capas de las misma, tal cual se apreciaba en la doble secuencia. No era la imagen de un recuerdo ni de un espacio añorado sino de una especie de cápsula del tiempo, donde hasta resultaba difícil la respiración. “Una casa con esquinas”, además, era el resultado de la combinación digitalizada de distintas imágenes. Luego, ese espacio sin aire y casi sin alma ni siquiera existía en realidad, pero es que al final podía pertenecer a tantas personas como allí habían vivido como a ninguna, tal cual se presentaba ante nuestros ojos. Sería en una exposición posterior donde Linarejos Moreno presentó un montaje o escenografía con esas capas arrancadas de la pared y, como en los árboles de la vida y de la ciencia, cada estrato era un mundo, un destino, un lugar, una historia: la suya y la de todos aquellos que habían pasado por aquella habitación con esquinas, y no con vistas. Nada más fácil y lógico, y también más complicado. Como en la vida misma, nuestros destinos se desgajan: los de los habitantes de esta ficticia habitación, y el mío con aquella obra y con la propia Linarejos Moreno.

 

Segundas noticias de Linarejos Moreno.

Estamos en la última edición de ARCO. En las primeras horas del primer día, el recorrido por los pasillos y “stands” es acelerado. Hay que sacar rápidas conclusiones, ver por dónde van los tiros del mercado y además descubrir nuevos artistas a ser posible. De hecho, necesito entresacar de esta inmensidad el nombre de cinco creadores para destacarlos en la publicación donde trabajo. En el espacio de la galería Llùcia Homs, surge la obra de Linarejos Moreno, la cual llama mi atención, entre otras cosas, porque siempre es grato descubrir que a un artista que se le ha dado un premio éste le puede haber servido y se abre camino. Desde luego, a ella resulta difícil olvidarla no sólo por su nombre sino también por sus trabajos que proyectan un misterioso juego de seducción visual: te atrapan y hasta te ahogan. Tan debe ser así, que, de vuelta a casa, descubro como durante el telediario de la noche, en uno de esos barridos que hacen las cámaras de televisión para cubrir la feria, se paran en la pieza de Linarejos Moreno y le dedican unos segundos, que en televisión son una eternidad. El mundo o la televisión deben estar locos porque, desde luego, este trabajo no reúne ninguno de los requisitos –léase escandaloso, llamativo o excéntrico- como para que se pare ante él una multitud. Es decir, una cámara, que para el caso viene a ser lo mismo. Algo distinto debía irradiar aquella imagen y me encontraba por segunda vez con ella a lo largo de un mismo día, y no había sido la única persona que la rescataba del maremágnum ferial. Finalmente, escribí sobre esta fotografía que es el primer capítulo de este trabajo titulado “In the Country of Last Things”. Aquí se acabó la historia. Por aquel entonces, nada sabía del conjunto de piezas de esta serie, de su escenificación ni de su discurso. Simplemente, me sorprendió descubrir a Linarejos Moreno entre el caos de una feria y que no hubiera sido la única persona en hacerlo. Nuestros destinos se habían vuelto a juntar, en menos de un año un par de veces, y entremedias se nos entrecruzaban otras historias, otras miradas, porque me habría gustado poder preguntar a aquel cámara que le había magnetizado de las “Minervas” o “Guardianas” de Linarejos Moreno para dirigir hacia ellas su objetivo.

Para mí había algo claro: aquella “Casa con esquinas”, habitada en el pasado pero inhabitable en el presente, ahora se tornaba en un escenario al aire libre salpicado por misteriosas damas vestidas de negro y que portaban máscaras y armas. Un escenario habitado en el presente de esa imagen pero inhabitable por el enrarecido aire de una tragedia que se avecina o que ya ha pasado.

 

Terceras noticias de Linarejos Moreno.

La artista me llama para ver si puedo escribir el texto de este catálogo y que tenía que glosar no sólo su obra o trayectoria sino también el trabajo que va a exponer en Llùcia Homs. Y partimos de aquella imagen rescatada en ARCO que va a formar parte de esta muestra y lo que en ella se escenifica: “In the Country of the Last Things”, título de una novela de Paul Auster. Nuestros destinos se han vuelto a encontrar de una manera azarosa tal cual he contado en estas líneas, y fue también Paul Auster quien escribió “La música del azar”, pues he aquí una pequeña pieza de azares o suertes que han acabado por escribir esta pequeña historia. Y si Linarejos Moreno presenta su exposición con el título de una de sus novelas, este texto también ha de estar encabezado con un guiño compartido al novelista norteamericano que ella tiene como una de sus más evocadoras fuentes de inspiración. Al cabo, aquí no hemos hecho otra cosa que cruzar nuestros destinos de una manera u otra, como bien ocurre en las ficciones de Paul Auster.

Ahora ya sabemos y entendemos muchas cosas, como que arranque o robe los trozos de una pared que luego fotografía o que intente rescatar del olvido y habitar el escenario de una antigua mina de plomo abandonada, como hace en esta serie. De nuevo, he aquí un montaje que mezcla distintas disciplinas: fotografía, recreación digital, “performance”, pero a su vez nada de ello es. Traspasa las fronteras más constreñidas del arte para configurar un nuevo entorno, un nuevo escenario, unos nuevos personajes, una historia dentro de la historia o un enigma dentro del enigma.

A Linarejos Moreno no le interesa retratar espacios o lugares deshabitados como pueda ser su casa de París, esta mina que pertenece a los recuerdos de su infancia o una nave abandonada que también pueda relacionarse con otro de los momentos de su biografía. Esto bien lo han hecho otros fotógrafos. Tal cual: documentar el abandono, que tampoco es poca cosa. Linarejos Moreno opta por reconstruir ese abandono en los escenarios recreados en sus fotografías y como esas muñecas que se meten unas dentro de otra, se van escondiendo unas historias dentro de otras. Al final, aparece un escenario, una tragedia griega. Son espacios perdidos en el espacio y que agobian en su manifiesta ambigüedad de principios, y que además tampoco tienen fin.

La teatralidad de esta mina no sería del todo trágica o clásica sin la aparición de esa coreografía de mujeres vestidas de negro, cuyos rostros surgen en el detalle cubiertos por máscaras de animales. Suponemos que son mujeres, pero podrían ser hombres. Nada es lo que se supone en sus roles sexuales o de género, pero lo tenemos ahí delante. En este punto, Linarejos Moreno no puede olvidar “Una semana de bondad y los siete pecados capitales”, de Max Ernst y puestos a citar sus referentes aquí los enumeramos según los cita en un escueto papel de pensamientos propios: Paul Auster, Giorgio de Chirico, Duchamp, Ernst, Ilya Kabakov, Tracey Moffat, Juan Muñoz, Panamarenko, Tarkovsky. Ejercicios de una extraña física o química o hasta matemática, pues en la lista también deja un hueco para el matemático japonés Johan Maeda, quien desarrolla programas informáticos de ecuaciones que trazan dibujos que posteriormente se utilizan en diseño gráfico. La música puede ser del azar pero no tanto, al menos porque suponemos que la matemática no es azarosa en sus conclusiones aunque sí pueda serlo en ese largo discurrir que se construye a base de una incomprensible geografía de fórmulas.

Seguimos sacando muñecas o escenarios en una espiral perfectamente trazada, no sé sí por la matemática o por el destino al más puro estilo Paul Auster: en esta exposición, como en otras de Linarejos Moreno, no se trata tan sólo de mostrar una obra o una serie de ellas sino que también han de construir su propio discurso en las salas de la galería. Por ello, se presentan junto a la instalación central “Aves de mal agüero” y “Family Matters”. La primera de ellas se compone por una serie de caperuzas de cetrería que cuelgan el techo con unos hilos, a modo de líneas de fuga, que se unen con otros de los que penden unos moldes de yeso que pueden parecer aves. Tal vez todos estos elementos podrían haber salido, escapado, de las fotografías, de la mina, de las escenografías. A Linarejos Moreno le gusta hablar de cápsulas del tiempo, de “Búnkeres de memoria” (como se titula uno de sus trabajos) y la galería bien pudiera ser uno de ellos, porque allí se mezclan todos los elementos y todas las historias habidas y por haber que por su vida y su obra hayan podido pasar. Como su propio estudio, o al que se vaya a vivir en un futuro o dentro de muchos futuros, propios y ajenos, en uno de cuyos rincones se encuentra la génesis de Linarejos Moreno. Allí descansa una serie de fotografías de los años cincuenta donde aparecen retratadas distintas escenas de una carnicería de la época. Aquella nave y aquellas imágenes que rescató de la posterior ruina pertenecen a la memoria de la propia artista y de quienes en ella habitan. Y sin ser conceptuales y sin ser artísticas y sin ser otra cosa que lo que son –fotos costumbristas, retratos de una época y de unos modos- parecen narrar tantas historias y tantos enigmas como los que luego ha querido escenificar o robar Linarejos Moreno en su “Casa con esquinas” o en este “In the Country of the Last Things”. 

Cada foto es un búnker del tiempo que se va haciendo más grande y más opresor. No será en vano que ella ahora esté preparando una serie que se llamará “Ángel exterminador” y trabajando en el proyecto “Stalker”. Entre Buñuel y Tarkovsky.

 

Cuartas noticias de Linarejos Moreno.

Son, sin duda, las que están por venir. Ya nos hemos instalado en una de sus cápsulas del tiempo o de búnker espacio-temporal y en cualquier momento podemos saltar a escena. Los destinos se han cruzado y el escenario contemporáneo evoca tanto abandono o destrucción que Linarejos Moreno no va a tener demasiados problemas para buscar localizaciones. Allí esperamos. ©

 

  

LINAREJOS MORENO: IN THE COUNTRY OF LAST THINGS

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JOSÉ LUIS CORAZÓN ARDURA

 

 

Sólo en el seno del rostro, del fondo de su agujero negro y sobre su pared blanca, podremos liberar los rasgos de rostridad, como pájaros; no volver a una cabeza primitiva, sino inventar las combinaciones en las que esos rasgos se conectan con rasgos de paisajidad, a su vez liberados del paisaje, con rasgos de picturalidad, de musicalidad, a su vez liberados de sus códigos respectivos.

DELEUZE

¿De modo que aquí vienen las gentes para seguir viviendo? Más bien hubiera pensado que aquí se muere.

RILKE

 

En su estudio sobre la tradición nihilista de la literatura en el siglo XX, Claudio Magris ha señalado cómo el artista ha construido su obra influido por la desaparición de un espacio religioso transformado en una nostalgia escéptica vinculada al crecimiento de la industria cultural. Es la aparición de un cierto terrorismo artístico que ha convertido al romántico creador genial en un nuevo productor alienado en su propio trabajo. Pero el artista se defiende utilizando una estrategia enfrentada directamente al consumidor, desligando de alguna manera su producción como obra del valor del mercado. Entonces, el objeto artístico se sublima en una forma misteriosa ligada al desarrollo del paisaje urbano: “El hombre moderno, el habitante de la gran ciudad –señala Magris en El anillo de Clarisse-, se halla desarraigado de toda comunidad e incluso de cualquier clase social concreta; no posee identidad ni personalidad, existe sólo en el espejo engañoso y anónimo que le ofrecen la prensa y la literatura, que lo fabrican y reproducen en serie”. Este habitante, cuya tradición se puede remontar desde el flaneur baudelairiano hasta los surrealistas paseantes como Aragon o Breton divagando en un París imaginario y fantástico, se sentirá guiado por la transformación de la ciudad en una especie de medina ilusoria y personal, una metamorfosis benjaminiana asociada al espacio de la representación de sí mismos como artistas. En este sentido, Fredic Jameson en su estudio sobre la estética geopolítica, ha señalado la importancia de una nueva interpretación de la representatividad partiendo del valor escenográfico del cine. Esta nueva alegoría que parte del espacio de la ciudad va a convertir la memoria de la intimidad en una nueva ficción cuyo origen ha de dirigirse tanto a la ciencia futura como al pasado dramático de la tragedia: el espacio de confinamiento donde una mujer aparece asediada y precavida ante una amenaza imaginaria. Es el espacio donde la intimidad deviene ciudadela amurallada, defendida por centinelas que esperan vigilantes un suceso anunciado en las grietas y muros, ahí donde la realidad del artista postmoderno se ha transformado en la vivencia real de lo imaginario.

Desde que Linarejos Moreno inicia el proyecto Arqueología Industrial Ficticia (1998), su trabajo ha estado caracterizado por una peculiar documentación de espacios destinados a desaparecer, tratando de alcanzar un estado de extrañamiento ligado a la memoria, a la intimidad de lo inhóspito y a lo siniestro. Sin embargo, estos proyectos no tienen una función únicamente gráfica, sino que están relacionados con la representación del espacio que Foucault denominó heterotópico, un lugar vinculado a la intersección de percepciones donde se encuentra lo fantasmagórico, la ensoñación y lo pasional, alcanzando un espacio cinematográfico capaz de desarrollar una trama narrativa que alude a la alteridad de la realidad, sea de la naturaleza, de la tragedia o de la intimidad. Esta concepción de la imagen trata de reconstruir una identidad donde prevalece la creación de ficciones partiendo de escenas donde surge encapuchada con una serie de máscaras a modo de velo femenino, recordando inevitablemente aquel dictamen que Max Ernst utilizó para titular uno de sus cuadros: “Pero nada de ello han de saber los hombres”. Son aves de presa y de mal agüero que actúan como significantes del mundo donde la arquitectura industrial y el espacio se desvanecen, dirigiendo al individuo a construir su identidad en el lugar que habita, un caso de alteridad que constituye la parte mortal del sujeto. Es precisamente la conciencia de la diferencia lo que representa la igualación con otros países, con otras culturas, con otros espacios. Si es cierto que el afán por conquistar una identidad puede a veces impedir su desarrollo, bien porque en la actualidad cualquier medio instrumental iguala e internacionaliza o bien porque el arte no es simplemente un soporte, en el caso del enmascaramiento de Linarejos Moreno deviene en una suerte de aceptación de la historia personal, evitando el tópico fetichista del objeto y la imagen. Es cuando tratamos de encontrar el propio rostro en el cuerpo, el territorio y el paisaje en lo individual, alcanzando la unión de lo artificial y lo natural en una fotografía con una clara referencia estética cinematográfica. Este aspecto narrativo es lo que conduce a trazar líneas en fuga que llegan para encontrarse a sí mismas, es la autorreferencia que lleva a adoptar una suerte de molde femenino para hacer una lectura del Grand Verre duchampiano, ahí donde la figura de la virgen adopta una forma amenazante. Si en el caso de Duchamp se ofrecen unas figuras flotando levemente, imitando el ámbar o el vidrio del entomólogo, en el caso de Linarejos Moreno aparece formalizada en una mujer cercada por paredes de edificios abandonados. Esa ciudad donde resguardar las cosas perdidas se convierte en memoria del cuerpo, no solamente de nuestro espacio, sino de lo que pasa a través de nosotros: la construcción de un territorio que necesita expandirse. Como afirma Deleuze, traspasar esa pared es tarea del arte donde todo deviene encuentro de un rostro, es el encuentro del espacio de la memoria y de la intimidad: “Todos esos devenires reales, que no se producen simplemente en el arte, todas esas fugas activas, que no consisten en huir en el arte, en refugiarse en el arte, todas esas desterritorializaciones positivas, que no van a reterritorializarse en el arte, sino más bien arrastrarlo con ellas hacia el terreno de lo asignificante, de lo asubjetivo y de lo sin rostro”.

¿Cómo deshacer el rostro? Como se desdibuja el paisaje industrial, el efecto de borrado proviene de una cabeza que se transforma surrealísticamente en máscara: cabezas de leones, águilas y halcones que vigilan, como en una escena de defensa y ataque. Lo relevante no es entonces la atención a un determinado momento personal, sino al intervalo que va pasando de una a otra. Como afirma Susan Sontag en referencia a Persona (Bergman), no debe entenderse que la máscara o el desdoblamiento sea propiamente un disfraz, sino la vivencia de ser en otras formas. En el caso de Linarejos Moreno le ha llevado a enmascararse precisamente para encontrar su propio rostro, sin llegar a ser consecuencia de una esquizofrenia impostada. Como la mujer que sueña en Meshes in the afternoon (Maya Deren) o el hombre que permanece inmóvil en Stalker (Tarkovsky), la conciencia de la alteridad es la coexistencia que trata de mostrarse en las paredes de un edificio, animando a que el paisaje recobre su apariencia inhumana, póstuma, sin soporte. La personalidad no deviene entonces máscara que viene a deformar nuestra voz, sino máscara que en sí es rostro. No se trataría de romper en la pared agrietada, sino saber que siempre permanecemos escindidos, entre el tiempo y el espacio, entre la aparición y el ocultamiento, en ese espacio liminar donde la imagen deviene oculta realidad.

Cuando el paisaje se transforma en rostro, damos cuenta del reconocimiento de aquellos objetos que significaron algo en nuestra vida. Ese olvido nos lleva platónicamente a la elaboración de una trama compleja que va a dar lugar a una imagen enigmática. Si la aparición de la propia artista es circunstancial, se debe a que las referencias se han anulado porque desconocemos el tiempo y el espacio donde se hacen efectivas. Son minas consideradas como templos, son escenas que no poseen un origen ni un final, es la extrapolación de un instante donde se escribe lo fragmentario. Esa evanescencia debida a la caducidad propia del tiempo es la fijación donde la luz se convierte en umbría, una hora fija donde se marca una instantánea posibilidad, una acción que toma cuerpo en la propia imagen y no en la realidad. Y estos procedimientos tomados por Linarejos Moreno como acciones vinculadas a la magia y al chamanismo están asociadas a la presencia de lo poético. Una poesía que no vacila ante el extrañamiento o la ubicuidad, sino que apuesta por un territorio metafísico y metafórico: literario. Como pintar en las paredes para presagiar lo inesperado, esa aparición de mujeres vestidas de negro es la apropiación de una memoria de la muerte. La conciencia de llegar a detener el miedo es enfrentarse directamente a la presencia de un fantasma interior. No en un enigma explicable y comprensible, es lo poético que viene a derruir los muros donde lo estable no es más que conciencia de la fragilidad. Es la adivinación de la Parca, la oscilante presencia de los lazos subterráneos, la aceptación de los propios límites, la incertidumbre propia de lo poético, llegar a saber qué hemos perdido y en dónde se va escribiendo.

Si como afirma Artaud la puesta en escena pertenece a la magia y a la hechicería, esas guardianas desdobladas hablan de una proyección hacia el recuerdo y hacia la memoria capaz de inventar los sucesos que nos conforman. Este pasado presente equilibra la tensión ante una amenaza ficticia y la prueba de su existencia es precisamente vagar como ciudadano de un lugar desolado y desconocido, la ciudad donde hemos perdido la imagen indescifrable de la intimidad. A través de esos espacios tenemos conciencia de la ausencia de los hilos que nos mueven. Esta consideración del artista como autómata, vinculada a una valoración de la estética que busca una belleza imposible, viene a mostrar que la espera es la ausencia de algo que sospechamos existió alguna vez. Fuera de una consideración utilitaria del arte, Linarejos Moreno construye una narración que es imagen de algo que no es. Acudir al encuentro de la ciudad de las cosas perdidas es el descubrimiento de un espacio donde el recuerdo deviene en enérgica metamorfosis. Este enigma, es llegar a tratar de representar lo imposible. Ese decir que corresponde a lo poético y a lo artístico es lo que nos constituye como guardianes y centinelas de un secreto amurallado. Esta potencia de la nada identificable como energía artística es lo que le conduce hacia un territorio a explorar: la vigilancia interminable de la ciudad de lo imaginario. Un lugar de cuerpos poéticos donde la imagen transforma lo real en impensable es el peligro que acucia en la creación de la obra. Una obra en constante huida, encubierta y protegida. Tan desconocida y perdida que, precisamente por su carácter simbólico e imaginario, se convierte en otra fantasmal presencia: “Si vieras a la que sin ti duerme –escribe Alejandra Pizarnik- en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. ¿A quién le dirás que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra”. ©

Madrid, Febrero, 2006

 

 

ARQUITECTURA DE FICCIÓN EN LINAREJOS MORENO

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JOSÉ LUIS CORAZÓN ARDURA

 

Desde que en 1998 Linarejos Moreno inicia el proyecto Arqueología Industrial Ficticia, su trabajo ha estado caracterizado por la documentación de espacios a desaparecer, tratando de alcanzar un estado de extrañamiento ligado a la memoria y a la intimidad de lo inhóspito y de lo siniestro (Unheimlicht)

Sin embargo, estos proyectos no tienen una función únicamente documental, sino que están relacionados con la representación del espacio que Foucault denominó heterotópico, un lugar vinculado a la intersección de percepciones donde se encuentra lo fantasmagórico, la ensoñación y lo pasional, alcanzando un espacio donde se desarrolla una trama narrativa que alude a la alteridad de la realidad.

Unida a una concepción de la fotografía donde sobresale la creación de ficciones, Linarejos Moreno desarrolla una pintura documental cuyo origen se encuentra en el despojamiento de la superficie de los muros de estos espacios que, adheridos a un soporte pictórico, conducen a una estratigrafía temporal del lugar. Son umbrales a transitar en un mundo en el que la utilidad y la productividad intentan anular la posibilidad de fuga, siendo una reivindicación necesaria de aquellos lugares en los que continuar a la deriva. ©

Madrid, Mayo, 2006